Renacer Capítulo 20

22 Ago

¡Buenas a todos!

Aquí les dejo con el capítulo 20 de mi novela…. ¡A disfrutar!

Capítulo XX

Ante nuestra mirada se hallaba paciente y amenazador aquel minúsculo pueblo. Nos miramos todos y al mismo tiempo sonreímos. Comenzamos a caminar hacia aquella aldea, al principio todo iba bien, me sentía eufórica; ahora íbamos a tener un lugar seguro en el que descansar, en el que volver a ser nosotros mismos, sin tener que huir o escondernos para no ser devorados por monstruos caníbales.

Sin embargo, cuando comenzamos a acercarnos a la villa algo en mí comenzó a moverse frenéticamente, algo que me hacía sospechar del lugar a donde nos dirigíamos, algo que me hacía estar alerta, algo, que no podía controlar.

En ese momento me paré de golpe. Aquella sensación era tan fuerte que no podía ignorarla. Durante mucho tiempo he aprendido a seguir mis instintos, aquellas sensaciones me hacían dudar de todo y gracias a ellas estaba viva. Mis compañeros se pararon y me miraron.

–  ¿Qué es lo que pasa Fe?- Me preguntó Elías.

–   Mmmm…No es nada, simplemente hay algo que me dice que debemos ir con cuidado. Creo que lo menos peligroso que nos podemos encontrar en ese pueblo son los zombies. Tengan cuidado y sean cautos.

Seguimos caminando hacia el pequeño pueblo sin dejar de mirar los alrededores, buscando algún indicio de peligro. Nuestras miradas iban y venían en busca de algún signo de vida humana, sin embargo, no encontramos nada que nos hiciera sospechar.

Continuamos nuestro recorrido hacia la aldea y seguíamos sin avistar nada hostil o peligroso. Lentamente nos adentramos en el pueblo, preparados para cualquier acción, pero otra vez el destino jugó con nosotros, no se veía a ningún zombie, ni siquiera los divisábamos en las esquinas, esperando para atacar. Básicamente, no había ninguno de ellos en aquel pueblo.

Llegamos a la conclusión de que en alguna parte de aquella aldea se escondía un grupo de personas, no solo por la falta de zombies, aunque lo pensamos, sino por las barricadas hechas a través de la calle principal, podíamos ver tanto los montones de cadáveres, como los cuerpos vivos desgarrados por las manos de los zombies. En aquella villa habían intentado sobrevivir.

Elías y Débora pensaban que ya se habían ido, pero la inexistencia de los zombies pululando por las calles daba a pensar que ese grupo de personas los mataban día tras día.

Seguimos caminando por la calle principal con las armas cargadas, alerta para disparar si hacía falta. Tuvimos que llegar hasta el final de la carretera para poder verlo. Era un edificio de tres pisos de color grisáceo. Sus paredes estaban protegidas por sendas vallas de hierro. Y éstas a su vez estaban revestidas por alambre de espino, preparadas para la masacre de cualquier ser que se adentrara en aquel bastión.

El edificio tenía numerosas ventanas, pero la mayoría de ellas estaban tapadas con tablones de madera. La azotea tenía pilas de madera, como si fueran puestos de vigilancia, pancartas de ayuda y ríos de sangre reseca.

Poco a poco nos fuimos acercando al edificio, pero llegado un momento vi un punto rojo en mi muslo. Alcé la cabeza y vi a un hombre musculoso, con el pelo canoso y un bigote prominente. Este sujetaba un francotirador y apuntaba con su mirilla láser mi persona. Nuestras miradas se cruzaron y por su forma de mirarme sabía que tendríamos que rendirnos para ver que no éramos malas personas.

Mis manos se levantaron y dejaron caer las armas. Mis amigos, al ver lo que hacía miraron hacia la azotea, hacía aquel extraño personaje y entonces todos comprendieron lo que estaba haciendo. Dejaron caer sus armas y levantaron las manos en símbolo de paz.

Amira se acercó y se escondió detrás de mí. Daviel se puso a mi derecha, controlando aquel flanco y protegiéndonos de cualquier mal. Elías y Débora se acercaron los dos juntos por la parte izquierda, mirando de reojo cualquier movimiento.

Entonces, y en ese preciso momento, las puertas del edificio se abrieron y un grupo de personas salió. Todos eran hombres, altos y musculosos, y portaban numerosas armas. Nuestros cuerpos estaban listos para agacharse, coger las armas y disparar. Pero no era una buena idea considerando que en la azotea se habían apuntado otras tres personas.

Y allí nos encontrábamos, de pie frente a un bastión, esperando a ser recibidos por el grupo que lo ocupaba, con la desconfianza a flor de piel. Sin embargo necesitábamos entrar en aquel edificio, no solo para protegernos de los peligros del mundo en el que vivíamos, ni siquiera para descansar y reponer fuerzas, sino para poder sentir que éramos parte de una sociedad, para poder conocer las demás historias, para informarnos de lo que pasaba a nuestro alrededor.

Lo único que no sabíamos, era que aquella decisión nos costaría muy cara.

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