Renacer Capítulo 17

28 Jun

Saludos a todos.

Aquí les dejo el capítulo 17 de la novelilla.

Capítulo XVII

Era de noche, nos encontrábamos en la cabaña. Débora, Elías y Amira dormían profundamente, yo había subido al tejado y me había tumbado. Mis ojos se posaron en el cielo oscuro, como si de un agujero negro se tratase, sin salida alguna, pero tan profundo como un pozo, anhelando paciente a que alguien averigüe sus enigmas.

Cerré los ojos, y por un momento, mi cuerpo y mi mente se relajaron, ya no pensaba en lo que haría mañana, en lo que haría si alguien muriera, en si Daviel se convertiría, por un instante, mi mente quedó en blanco, mi cuerpo sin fuerzas, se hallaba boca arriba, mis ojos, cerrados y mis pensamientos volaban tan rápido por mi retina que no podía detenerme en ellos para recapacitar, solo me otorgaban un breve vistazo a mi vida, como si fuera una película. Podía haber estado así durante mucho tiempo, incluso podía llegar hasta el amanecer, pero había algo más poderoso en mi mente que bombeaba sin cesar en alguna parte de mi subconsciente, tan fuerte y hábil que a veces conseguía perturbarme, pero yo siempre lo ignoraba. Hasta que ese “algo” surgió de pronto en mi mente, pasando tan rápido por mis ojos y clavándose en mis pensamientos. Daviel, ese era el problema.

Desde que lo curamos no se había despertado de su letargo. Todos los días cada uno montaba guardia en su dormitorio, aquella idea que se nos había creado en la mente, seguía en nuestros cuerpos tan enérgica como preocupante. Había una parte de nosotros que negaba nuestros pensamientos, pero había otra, la parte más racional, que nos decía lo contrario, y en los tiempos que corrían, era más sensato hacer caso a la parte racional. Cada día examinábamos su cuerpo, centímetro a centímetro, pero no nos percatamos de ningún cambio. Su piel no se había tornado pálida o grisácea, sus ojos no habían cambiado de color, sus músculos seguían tan vigorosos como siempre. Ningún rasguño o mordisco afloraba en su piel. Pero nada era seguro. Podía llegar a convertirse o no.

Nuestras esperanzas iban creciendo días tras días, pero en mi interior, tenía miedo. Miedo a que no despertara, miedo a que se convirtiera. O simplemente, miedo a que no me reconociera, miedo a que no me volviera a amar. Sabía que eso no sucedería, sabía que él seguiría siendo él, pero había algo en mi interior que hacía que me estremeciera por dentro.

Daviel seguía sin mostrar signos de llegar a despertar, y nosotros estábamos cada vez más preocupados por su seguridad y por la nuestra. Cada hora, cada minuto, mirábamos al horizonte en busca de alguna figura arrastrándose, dirigiéndose a nosotros con el único objetivo de saciar su eterna hambre. Ninguno se acercaba, pero a cada instante, nuestras miradas de cruzaban, y en ella, el miedo era palpable. Si nos atacaban, teníamos que cargar con Daviel, con todos los medicamentos posibles, así como comida, armas, munición, etc. No podríamos contenerlos. Todo el mundo estaba deseoso de que Daviel despertara, no solo porque queríamos volver a verlo hablar o sonreír, sino porque necesitaríamos todas las manos posibles si nos atacaban.

Bajé del tejado, ya era hora de volver al mundo real, de sopesar las cosas son calma, de regresar a mi estado de alerta permanente. Llegué al dormitorio cuyas paredes nos protegían, pero al detenerme para observar a cada persona de aquella habitación, algo no me cuadraba. Faltaba algo, o más bien, alguien. Estaba muy oscuro y mi mirada no era muy potente, así que necesite un tiempo para poder adaptarme y poder descifrar qué faltaba.

No me faltó un cursillo para saber lo que era, Daviel no estaba en su cama. Recorrí todas las habitaciones colindantes a la principal, pero no lo hallé. Mi corazón iba a mil por hora, mi mente urgía un plan para encontrarlo, mis pensamientos volaban sin ningún orden ante mis ojos y el miedo que tan guardado tenía, floreció más fuerte y doloroso, como un cuchillo clavándose en mis propias carnes.

 Al terminar mi recorrido, no había ninguna habitación que no hubiera registrado, pero un idea cruzó mi mente. Me falta mirar fuera.  Abrí la puerta de golpe con mi fusil en la mano, apuntando al frente, y lo que vi me petrificó. Una figura se hallaba de espaldas, paciente, mirando hacia el cielo. Uno de ellos.

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