Renacer Capítulo 15

18 Jun

Buenas a todos. Aquí les dejo el decimoquinto capítulo de mi novela.

Capítulo XV

Los primeros días fueron los mejores. Gracias al generador aún quedaba agua. Aquella ducha fue el renacer, el agua corría por mi cuerpo como si de una serpiente se tratase, recorriendo cada rincón de mi cuerpo como si lo conociera, hacía mucho tiempo que no me sentía así, desde….no, no lo quería volver a recordar.

Mi mente se había encontrado ocupada durante esos primeros días; revisar el perímetro, mejorar la casa para un supuesto ataque, construir barricadas alrededor de la casa, comprobar que había una vía de salida, etc. Nos llevó un par de intentos conocer bien la zona, pero al final la conocíamos tan bien como la palma de nuestra mano. Estuvimos haciendo rondas de dos para averiguar si había algún pueblo cercano, pero aquella casa estaba tan alejada que, incluso llegamos a pensar que ninguno de esos se acercaría, a menos que hiciéramos ruido. Protegimos aquella casa como pudimos, la mimamos como si de una hija se tratara. Jornada tras jornada nos sentábamos alrededor de una mesa con mantel, con un plato de comida enfrente de nuestras personas, mirándonos unos a otros sin saber muy bien que decir, había cinco sillas, y solo cuatro estaban ocupadas. Cada mañana, cada mediodía y cada noche, tras finalizar nuestro trabajo y sentarnos a comer, nuestros ojos se dirigían hacia aquella silla.

Cada uno se imaginaba que él estaba allí, con nosotros, acompañándonos, sentado alrededor de la mesa, brindándonos su gran sonrisa y su gran saber, dándonos apoyo y ánimos, haciéndonos reír. Pero sabíamos que nunca iba a volver, ya no.

Pasaron aquellos largos días, y mi mente volvía a jugarme malas pasadas. Ya no había tantas cosas que hacer y mi mente tenía todo el tiempo del mundo para acampar a sus anchas en mis recuerdos.

Una mañana que no tenía nada que hacer me sentía somnolienta y me quedé dormida. Mis recuerdos más guardados afloraron en ese momento.

Era una niña, de unos siete años, llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirillas. Sostenía en mi mano derecha una gran bolsa de plástico llena de palas, rastrillos y cubos. Recordaba cómo me había sentido al tocar por primera vez la arena, tan fina, pero a la misma vez tan gruesa. Mis padres me miraban con una sonrisa en su cara. Yo era una niña muy ingenua, solté todo lo que llevaba y comencé a correr hasta la orilla de la playa. Iba descalza y una pequeña ola bañó mis pies. Sentí frío, pero también me sentí libre, feliz, desbordada por cada nueva sensación.

Desperté de mis cavilaciones y pude comprobar que, tanto Débora como Elías no estaban, intuí que se habían ido a hacer la ronda al verme dormida. Vi a Amira a lo lejos, debajo de un árbol, leyendo un libro que yo misma le había recomendado. Cogí mi rifle y comencé a caminar por el porche.

Bordeé la mitad de la casa, y entonces lo vi. Era uno de ellos, caminaba con mucha dificultad y parecía que tenía un brazo dislocado. Tenía un aspecto muy fornido, sus brazos estaban muy desarrollados, pensé que sería un trabajador del sector de la construcción. Desenfundé mi arma, y le quite la tapa que cubría la mirilla. Miré a través de ella y vi cómo aquel zombie, aquel caminante, subía la mano y la sacudía en todas las direcciones. Entonces caí,  ¡dios, aquel era un superviviente!

Le grité a Amira que entrara dentro de la casa y luego, me eché a correr. Corrí lo que mis piernas me dejaban, había perdido un poco mi tono, pero aún podía aguantar. Lo que vi me dejó sin palabras. Ante mí se encontraba un hombre fuerte, con una mandíbula prominente que le confería un aspecto amenazador, las piernas eran delgadas, sus labios carnosos y su nariz era pequeña. Pero sobre todo, lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, verdes intensos. Ante mí, tenía a mi amado, a mi ángel, a Daviel.

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