Renacer Capítulo 12

28 May

¡Saludos! Aquí les dejo el capítulo 12 de mi novela. ¡A disfrutarla!

 

Capítulo XII

Una ligera brisa nos alborotaba el pelo. Estábamos en el techo de aquel bastión que había sido nuestro hogar durante un largo, maravilloso y perfecto período de tiempo. Cada nervio de nuestro cuerpo estaba a flor de piel, cada roce, cada mirada, cada sonido nos hacía ponernos en pie, listos para luchar. Podíamos oírlos. Gruñidos con un solo destino; nuestros oídos. Gruñidos con un solo cometido; que el miedo penetrara en nuestros cuerpos ya de por sí asustados.

Nuestras mentes estaban elaborando un plan de huida, un plan rápido y sencillo, en donde nadie resultara herido, o en el peor de los casos, mordido. Pero aquella tarea era ardua y no teníamos tiempo. Las pocas barricadas que habíamos podido poner, habían sucumbido. Las puertas y ventanas eran tan débiles que en cuestión de horas aquellos demonios venidos del infierno entrarían. El plan que tan ansiosos esperábamos, nunca llegó.

Aún seguíamos ideando alguna manera de salir de allí. Algunos pares de ojos miraban de un lado para otro del tejado, buscando alguna salida. Otros, mirando al cielo, pidiendo auxilio, cualquier tipo de señal que nos ayudara. Quién sabe por qué, pero esa señal tan deseada y suplicada, se nos otorgó. No sin antes cobrarse una vida, aunque eso no lo sabíamos.

Un cable de unos tres metros de grosor y veinte de longitud, reposaba en silencio, enrollado en una esquina de aquella tienda. Buscamos algún poste para liarlo, y para nuestra fortuna, tanto en nuestro pequeño tejado, como en el de la tienda vecina había dos postes bien firmes al suelo. Aquella iba a ser nuestra salida.

Cubrimos el poste con el cable lo mejor que pudimos y lanzamos el otro extremo a la tienda contigua. Ahora venía lo difícil. Alguien tenía que saltar hasta la otra tienda y enrollar el extremo al otro poste. La distancia no era mucha, pero lo que aguardaba en el suelo no era nada enternecedor. Al final, Elías decidió hacerlo. Débora no estaba muy contenta, pero así lo había decidido él y no había nadie en todo el globo que pudiera hacer entrar en razón a aquel fornido hombre. Cogió carrerilla y saltó. Nuestros ojos se cerraron por un momento y, al volver a abrirlos, vimos a Elías tan contento en el techo de la otra tienda. Recubrió el poste con el cable y lo tensó. La verdad es que parecía bastante seguro. Débora fue la primera en pasar por aquel puentecillo que habíamos construido. Poco a poco recorrió el cable y pasó sana y salva. Me tocaba a mí, cargué a Amira en mi pecho, y con el corazón en la garganta, fui pasando como podía. Tardé bastante en llegar o, por lo menos, para mí, fue una eternidad. Ahora solo quedaba Daviel.

Nadie se lo esperaba, pero con una rapidez anormal desató el cable y lo dejó caer hacia el infierno que se cernía bajo nuestros pies. Todos nos quedamos estupefactos, él me miró y dijo:

-Alguien debe quedarse aquí para distraerlos, así podéis salir sin ningún problema.

Caí de rodillas, de mis ojos brotaban gruesas lágrimas saladas que surcaban cada poro de mi cara. Aquel idiota había decidido que mi vida valía más que la suya. Estúpido. ¿Por qué? ¿Por qué para poder vivir y poder salir de aquel atolladero teníamos que sacrificar a alguien? ¿Por qué él?

 En ese instante desapareció del tejado y no lo volvimos a ver. Débora y Elías tiraban de mí, pero mis piernas no respondían. Necio, pensé yo. Al final Elías me cargó en sus hombros, Débora cogió a Amira y nos fuimos.

Pude abrir mis ojos inundados de lágrimas y vi a miles de zombies alrededor de la tienda en la que nos habíamos refugiado durante tanto tiempo.

Mis oídos, y creo que los de todos, oyeron unos disparos y luego, el silencio. Mi corazón se encogió, y más lágrimas se deslizaban por mi cara. ¿Cómo has podido? Una única pregunta atravesó mi mente. Daviel, ¿sigues con vida?

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