Renacer Capítulo 10

14 May

¡Saludos :D!

Aquí les dejo el décimo capítulo.

Capítulo X

Vivíamos en un mundo apocalíptico en donde no había ninguna persona en las calles, ni en los centros comerciales, ni en los parques, ni en las oficinas, en ninguna parte. Aquellas personas que aún continuaban sobreviviendo se encontraban escondidas en alguna tienda o en alguna casa con miedo a salir, a morir. Las otras miles de personas no estaban vivas, pero tampoco muertas. Se encontraban en el umbral entre la vida y la muerte. Resistiéndose a morir como normalmente se hacía, se resistían a dejar el mundo como lo conocíamos, se resistían a dejarlo sin antes saciar su desenfrenada hambre.

Las podía ver por las ventanas, totalmente absortos en sus caminos sin trazar, totalmente ignorantes de nuestra presencia. Aquellos seres eran antes personas, con una familia, con un trabajo, con amigos, con una casa, con esperanzas, con alegría, con un futuro prometedor por delante. A todos nos cogió de improvisto. Nadie se esperaba nada de nada, nadie se esperaba que tuviera que matar a sus padres o a sus hijos con sus propias manos, nadie se esperaba que algún vecino los atacara, nadie se esperaba que les moridera algún conocido, nadie se esperaba que les arrancara la carne a dentelladas. Podía verlos, olerlos, sentirlos.

Podía ver cómo se tambaleaban enfrente de nosotros sin notar nuestra existencia, podía ver sus ropas ensangrentadas, ahora ya raídas por el viento y  tiesas por la sangre, podía ver sus heridas. Algunos solo tenían una mordida en el cuello o en el brazo, incluso algunos la tenían en la pierna, pero otros…tenían un solo brazo y el otro solo era un muñón con jirones de carne colgando; a otros les faltaba la mitad de la cara, arrancada en un intento de zafarse de sus depredadores; a otros les faltaban las dos piernas y se arrastraban por debajo de los vehículos o se agarraban a cualquier saliente. Podía ver sus manos, antes limpias y con sangre corriendo por sus venas, ahora, llenas de suciedad y sangre seca. Podía olerlos, su olor era tan característico… Ese olor a podredumbre, a muerte acercándose más y más a tu persona, ese olor a carne podrida, ese olor a horror.

Podía sentirlos, cada noche, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo. Podía sentir que detrás de estas gruesas paredes se encontraban, anhelando cualquier indicio de vida para poder acorralarte, matarte y saturar su inagotable necesidad de comer. Cada sonido que oía, cada movimiento que veía me ponía en alerta, preparada para atacar. Sumida en una espiral de pensamiento, mi mente voló a algún recuerdo, hasta entonces, guardado.

Seguía mi camino después de haber vivido los mejores momentos que había pasado en mucho tiempo. El recuerdo de mis dos familias me atormentaba a ratos, sabía que no podía estar así mientras caminará por las calles infestadas de zombies, pero mi mente no era capaz de advertir el peligro, aún no era capaz de asimilar la información que tan necesitada era en aquellos tiempos. Erré durante días intentado no encontrarme con ninguno de ellos hasta que encontré un lugar perfecto para poder recuperarme del shock vivido.

 Era una casa alejada del pueblo en el que me encontraba, tenía una valla de metal de unos 4 metros alrededor de ella, las ventanas tapadas por tablones de madera. Hubiera pensado que allí vivía gente si no fuera porque la puerta principal estaba abierta de par en par, la puerta metálica también y los rastros de sangre se dirigían al interior. Tardé alrededor de dos horas en llegar, aseguré el perímetro de la casa y una vez dentro pude ver el horror que aquellas personas habían vivido. Al parecer era una familia de cuatro personas, los padres, un chico y una niña. El chico podría tener unos dieciocho años y la niña, unos seis. La cocina desprendía un olor a basura muy fuerte y al acercarme vi montones de columnas de comida apiladas por toda la habitación.

 Esa familia había aguantado todo lo que podía, comiendo poco a poco, sin desperdiciar nada de nada, sin hacer ningún ruido. Incluso me aventuré a pensar que cultivaban sus propios alimentos, ya que pude ver un pequeño huerto. Pero, al parecer, todo eso se les había acabado. No sé la razón, podían ser las ansias de comer, la locura o las ganas de poder vivir en un mundo sin caníbales alrededor de tu casa. Pero cuando lo vi no pude sino derramar tantas lágrimas como mis ojos podían.

En el dormitorio principal se encontraban los dos padres, la madre con un boquete de escopeta en la cabeza y el padre con la propia escopeta en su mano y con un boquete muy similar al de su mujer. Mis pies se dirigieron al cuarto de los pequeños, mi mente se negaba a seguir caminando, mis ojos miraban hacia todos lados para no poder comprobar la dura realidad, pero mis pies seguían, como si de un soldado se tratase. Mi mano derecha se levantó y abrió la puerta.

 Aquella escena era aterradora. En la parte derecha la pintura era verde, verde esmeralda, había un armario de teca y una cama al lado de este. En la parte izquierda la pintura era rosa pálido, una gran ventana iluminaba toda la estancia, debajo de esta había una cama con una colcha de conejos sonrientes un tanto desgastada. Esparcidos por todo el suelo yacían innumerables juguetes: coches, muñecas, casitas, peluches y un sinfín de objetos para niños. Mi cabeza me decía que cerrara los ojos, que no mirara, pero otra vez, sin ningún tipo de orden, mis ojos se abrieron y comenzaron a derramar lágrimas.

En la cama de la derecha se encontraba el chico. Lo primero que vi fueron sus ojos, tan verdes como potentes. Sus ojos me atravesaban como si me hubiera lanzado un cuchillo. Su boca estaba abierta y su cabeza, perforada por metralla. Sus piernas se encontraban abiertas también, su mano izquierda reposaba en la cama, mientras que la derecha caía de ella. Miré su expresión, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Esta transmitía miedo, incomprensión, tristeza, nerviosismo, amargura.

 A mi izquierda se hallaba la niña, esa niña de unos seis años. La pequeña se encontraba en la misma posición que su hermano, sus ojos, de un marrón intenso, abiertos, su boca y sus pequeñas piernas abiertas y sus dos manos colgando de la cama. Su cabeza…igual que la del hermano, abierta con un boquete. Por la parte de atrás, su pijama estaba limpio, pero la parte de adelante  lleno de sangre.

Me derrumbé en el suelo, sus padres habían decidido suicidarse antes que convertirse en uno de ellos, ni siquiera había intentado luchar. Había cogido de improvisto a sus hijos, dormidos como estaban no se habrían enterado, pero algo pasó y por los rastros de sangre de la puerta principal pude aventurarme a sugerir que aquellos feroces carnívoros habían entrado. Con alguna clase de montaje pudieron parar su camino y se atrincheraron en la parte de arriba. Sus hijos se habían despertado y los padres, hartos de luchar, decidieron que ya era hora de partir a un mundo mejor.

Cuando me recompuse, bajé los cuerpos y les enterré dignamente. Luego volví a la casa y la aseguré por segunda vez y sin hacer el menor ruido posible, comencé a llorar. Aquellas semanas habían acabado conmigo. Cada muerte, cada carrera, cada segundo de mi vida, no podía más, la poca fortaleza que tenía se derrumbaba por momentos y no podía hacer nada por solucionarlo, excepto llorar. Después de eso me quedé dormida.

No sé durante cuánto tiempo estuve dormida, pero al despertarme, no oí nada. Me desperecé y bajé. Estuve durante un buen rato mirando por la ventana, sin ver a nadie. Estaba segura de momentos. Salí fuera y me quedé en el porche de madera, mirando hacia el horizonte con la mirada perdida. Sabía que tenía que ser fuerte, ya no vivíamos en nuestro mundo, ya no vivía en aquella pequeña, pero confortable casa a las afueras, ya no podía ir a la pastelería, ya no podía comprar ropa, ya no podía ir a la tienda y comprar comida. Ahora vivíamos en su mundo, un mundo lleno de sangre y de muerte, un mundo sin seres humanos.

Me costó tiempo comprender que ya no podía ser yo misma, tenía que convertirme en una luchadora, ser más fuerte, ser más inteligente, cuidarme más, tenía que cambiar si quería vivir. Y así lo hice. Mi mente comenzó a funcionar de una manera distinta, ya no me preocupaba por las mismas cosas que antaño, ahora comenzaba mi nueva vida.

Lo primero que me vino a la cabeza después de estar mucho tiempo recapacitando fue que no sabía casi nada de mis enemigos, aquellos que tanto ansiaban mi sangre. Sabía que eran lentos, pero que, inexplicablemente, se volvían rápidos cuando nos veían y que había que dispararles a la cabeza si querías matarlos. Mi primera misión era recoger toda la información que me fuera posible.

Con todas mis armas me dispuse a realizar mi pequeño objetivo.

 Aún recordaba que en el pueblo por donde había pasado no había gran cantidad de ellos. Así que la suerte estaba de mi parte, no obstante no había que bajar la guardia y por nada del mundo, ninguno de esos seres debía seguirme. No sabía muy bien por qué, pero esa fue la primera regla que mis queridos padres adoptivos me enseñaron. Me escondí en una de las calles colindantes a la principal y los vi. Eran solo dos, pero era la primera vez que los veía tan de cerca. Aún no sabía que hacer.

 Por suerte, vi un cubo de metal y mi intuición surgió en aquel momento. Cogí con fuerzas aquel cubo y lo lancé lo más lejos que pude. En aquel silencio sepulcral el estruendo fue enorme. Como si de una corriente se tratase, uno de los zombies se giró y comenzó a andar hacia el ruido y como un perro guía, el otro zombie lo siguió. Mis ojos se abrieron de lo que estaba viendo, me acurruqué detrás de unas cajas, intentando que no me vieran, pero mirando hacia atrás por si a alguno de esos le diera por doblar esa esquina.

 Pasaron algunos minutos y nada pasó. Ya me iba a ir cuando los vi.

 Como un rayo volví a esconderme detrás de las cajas y vi pasar a varios grupos de zombies en dirección al ruido que había hecho el cubo. Ahora lo tenía claro y la regla número uno que me habían enseñado cobró sentido en mi  cabeza. Aquellos seres se guiaban por el oído y, cuando uno de ellos se movía, el resto lo hacía también. Me mantuve durante mucho tiempo agazapada detrás de las cajas y cuando empezó a oscurecer me levanté sin que me vieran y volví a la casa.

 Al estar durante tanto tiempo en la calle pude ver que los zombies que se habían acercado al cubo, ahí seguían. No se cansaban de estar ahí, tenían la esperanza, si es que ellos la tienen, de encontrar a alguna presa indefensa.

No recuerdo con exactitud durante cuánto tiempo estuve en aquella casa, pero gracias a ella, soy la mujer que hoy en día soy. Durante ese período tuve el tiempo de pensar y recapacitar, de vivir cada minuto que había vivido, de recordar a cada persona que había querido, a cada persona que había perdido. Cuando me encontré mejor, tanto física como mentalmente, me preparé y me fui de aquella casa. No sabía qué dirección coger, ni lo que me podía encontrar, pero seguí mis instintos y comencé mi nueva vida con un destino incierto.

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2 comentarios to “Renacer Capítulo 10”

  1. vetschoice mayo 14, 2012 a 9:47 pm #

    Enhorabuena. Sinceramente es un relato muy bueno, es más, incluso me ha inspirado para, quizás, escribir algo. Me encanta como describes las cosas, consigues una ambientación muy buena.
    ^^

    • niponz mayo 15, 2012 a 6:27 pm #

      Te agradezco mucho que me digas esto. Al principio no sabía muy bien si publicarlo o no (tú mismo lo sabes), pero con muchos ánimos lo hice. El ver que a alguien le gusta mi novela me satisface enormemente.

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