Renacer Capítulo 9

7 May

¡Saludos! Aquí les dejo el capítulo noveno de mi pequeña novela. Este es una de los más largos, pero aún así, espero que lo disfruten como nunca :D.

Capítulo IX

Llevábamos varios días con aquel grupo tan extraño en aquella tienda. Fueron los días más felices que había pasado en muchísimo tiempo. Además Amira estaba tan contenta y feliz que era imposible no sentirme mejor de lo que me sentía en ese momento. Durante todo el tiempo transcurrido pude averiguar más cosas sobre las tres personas que vivían con nosotras, aquellas personas que nos habían salvado de un viaje solitario.

 Débora trabajaba en una oficina de aquel pueblucho y gracias a que conocía muy bien la zona pudo escapar y esconderse hasta que encontró a Elías y a Daviel. Para su suerte ella estaba sola, sus padres habían muerto hacía muchos años, no tenía novio, ni hijos, con lo que no tuvo que vivir el horror de verlos convertirse…o de algo peor.

Elías estaba en paro, vivía en una colina, a unos cien kilómetros del pueblo, así que tardó en darse cuenta de lo que ocurría. Al parecer era una noche más oscura de lo habitual y al salir a por leña, vio a uno de ellos. Al principio pensaba que era una persona perdida que quería pedir ayuda y cuando se acercó, se percató que le faltaba la mitad de la mandíbula y tenía un hombro dislocado. Tenía la ropa ensangrentada y todas las manchas de sangre estaban resecas. Su mirada estaba perdida, pero al ver a Elías fue como si su cerebro le mandara una corriente a sus brazos, piernas y boca e intentó por todos los medios morder a aquel hombre tan fornido. Por fortuna, él se apartó y antes de que el zombie siguiera con sus intentos de saciar su desenfrenada hambre, Elías le asestó un fuerte golpe en la cabeza y murió. Al darse cuenta de la situación se convirtió en un cazador muy eficaz y cuando conoció a Débora se unió a ella para poder combatirlos.

A mi parecer, había mucho más que una simple amistad entre aquellas dos extrañas personas. No era la primera noche que oía ruidos procedentes de la habitación de Débora, pero claro, nunca me atreví a preguntárselo.

Daviel era la única persona de aquellas tres que se había sincerado conmigo como si me conociera de toda la vida. Por lo que me contó él, vivía en la costa con su novia. Cuando todo comenzó él ya estaba preparado, tenía varias armas, ya que era practicante de muchas modalidades de artes marciales, como el kendo, así que no tuvo problemas. Todo iba bien hasta que llegaron al primer grupo de supervivientes. Su novia estaba muy feliz de encontrar a otra gente, ya que, por lo que me dijo, ella era muy sociable y no le bastaba con la presencia de Daviel, sino que necesitaba hablar con otra gente.

Pasaron varios días con aquel grupo hasta que empezaron las peleas por ser el líder, incluso por saber si alguien había comido más de lo que le tocaba. Intentó convencer a su novia de que era hora de irse y seguir solos, aunque el estar con gente era más llevadero, a lo que ella se negó. Él no podía dejarla sola, porque su conciencia se lo estaría recordando a cada paso que diera y además, el amor que sentía por ella aún era patente. Pasaron días, las peleas seguían y los zombies se iban dando cuenta, poco a poco, de que había carne fresca dentro de aquella morada.

 Después de mucho tiempo, los pocos supervivientes de aquel grupo no salían afuera por nada del mundo, no querían ver el horror en el que se había convertido el planeta. Hasta que de pronto, un día, harto de esperar, Daviel salió al tejado para comprobar cómo iban las cosas y los vio. Había miles de zombies concentrados en una zona de aquel lugar, miles y miles. Todos se empujaban entre sí para conseguir un lugar en primera fila, aporreaban las ventanas y las puertas, pero al parecer no lo suficiente como para que todo el grupo lo oyera.

 Daviel bajó tan rápido como pudo. Intentó decírselo a los demás, pero nadie le hacía caso, todos le tomaban por un loco, estaban convencidos de que era imposible que los hubieran oído. Incluso su novia lo trataba como tal, como un simple loco que tenía ganas de hacerse el héroe.

 A raíz de esa acusación todo el mundo le empezó a echar las culpas. No había suficiente comida porque Daviel se la había comido toda, la seguridad no era muy fuerte porque Daviel no quería trabajar y así, un sinfín de cosas más. Él ya estaba harto, intentó por última vez convencer a su novia, a lo que ella volvió a responder que no. Harto de soportar algo que le estaba destruyendo por dentro, con mucho pesar y tristeza, un gran día, sin que nadie lo advirtiera, se escapó por el único sitio que estaba limpio. Luego, no miró atrás. Nunca más volvió a ver a su novia.

Todas las historias me hicieron pensar y, como últimamente hacía mi cerebro, recordar.

Había vagado por bosques durante días, sin apenas probar bocado y bebiendo el agua de los ríos que encontraba. El recuerdo de mis padres me perseguía sin cesar. No conciliaba el sueño en ninguna parte, ni en ningún momento. Me estaba volviendo paranoica, veía zombies por todas partes, cualquier sonido me ponía en alerta. Tenía que encontrar un “hobby”, si es que así se podía llamarlo, para poder calmar mi mente atormentada. Pasaron varios días sin encontrar nada de nada, intenté hacer de todo, contar las nubes, arrancar la hierba, dar vueltas en círculo. No encontraba nada que pudiera sosegar mi mente torturada por el recuerdo de mis queridos padres.

 Deambulé por un bosque durante días, sin éxito alguno en mi compulsiva búsqueda, hasta que un día, sentada bajo la copa de un árbol, aquella inspiración que creía perdida, volvió. Había tenido ese pequeño entretenimiento delante de mí durante todo el tiempo, pero mi cerebro aún no asociaba la violencia con la supervivencia. El hacha reposaba en mi mano, fiel, fuerte, brillante, esperando a ser utilizada con eficacia. Me levanté de un salto y las energías que creía olvidadas y desaparecidas crecieron en mi interior.

 Había un gran árbol en frente de mi persona, agarré mi hacha con toda la fuerza que mi brazo derecho era capaz de suministrar, y con un renovado ímpetu, comencé a golpear. Golpeaba en todas direcciones, de arriba abajo, de derecha a izquierda, en diagonal, de espaldas, sentada, apoyada contra el propio árbol. No me había sentido tan viva en varios días. Y así, sin más, y con entrenamiento, me convertí en una hábil luchadora, maestra en el manejo del hacha.

Durante esos días que duró mi pequeño entrenamiento, avancé hasta un pueblo, un tanto apartado del camino principal. Al principio no quería acercarme mucho, pero algo en mi interior me empujó a avanzar hasta llegar. Eso fue el principio de mi futura vida en un mundo apocalíptico, lleno de gente no muerta.

Vagabundeé por ese pueblo durante un tedioso tiempo, y al final de una calle, encontré a un grupo de personas en el tejado de una casa. No había zombies por los alrededores y me adentré para poder conversar con ellos. Al verme se sorprendieron mucho: una superviviente más. Me acogieron enseguida, todos era expertos cazadores, tenían escopetas, arcos, pistolas, revólveres,  machetes, etc. Tenían  infinidad de armas. Al verme con una simple hacha, me dieron una escopeta, la cogí con mucho gusto, pero les dije que prefería el arco, así no haría ruido al disparar para deshacerme de esos resucitados. Me lo dieron, pero aun así me dejaron cargar con la escopeta. Me entrené durante días con aquellas dos armas tan desconocidas para mí hacía algunos días, pero tan familiares actualmente.

Pude comprobar que era una luchadora natural, había nacido para disparar cualquier arma que se posara en mis manos. Me convertí en una experta combatiente, sin miedo al peligro,  sin miedo a acercarme a uno de ellos para poder matarlo. Esos cazadores me enseñaron todo lo que sé ahora mismo, todo lo que me ha mantenido con vida.

 Pero para mi desgracia, esos hombres que antaño eran mis amigos, mi familia, unos padres para mí, ahora mismo son solo carne muerta con grandes agujeros en sus cabezas.

 Nos atacaron, intentaron protegerme y así lo hicieron. Me procuraron una salida, me dieron todas las armas que tenían e hicieron que me fuera. Mientras huía, por deseo de mis padres adoptivos, pude oír cómo sus armas, bien cargadas, eran disparadas. Habían elegido morir antes que convertirse en varios de ellos. Y así comencé mi largo viaje en solitario.

Una voz me despertó de mis cavilaciones. Me había quedado dormida mientras recordaba todo lo vivido anteriormente. Amira me miraba, me cogió la mano y comenzó a arrastrarme hacia donde nos congregábamos todos. Ahí se encontraban Débora, Elías y Daviel. Era la hora de cenar. Comimos en silencio y al terminar, Débora y Elías se fueron. Acosté a Amira en su cama y rápidamente se durmió. Daviel había salido al tejado para hacer una ronda.

 Lo vi sentado con el arma reposando en su regazo con una mirada perdida muy profunda. Me senté a su lado y lo miré. Le sonreí con la mueca más tranquilizadora que pude ofrecerle. Él lo entendió enseguida, me sonrió a su vez, y pasó su brazo por encima de mis hombros, y con un súbito tirón, me atrajo hacia él. Miré hacia arriba. Él me miró, los dos teníamos mucho que perder, Amira se había convertido en parte suya, tanto como lo era para mí. Lentamente nos fuimos acercando, y sus labios carnosos tocaron los míos con un brío casi inaudito.

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