Renacer Capítulo 7

23 Abr

Aquí les dejo el séptimo capítulo de mi novela. ¡Disfrútenla!

Capítulo VII

Caminamos durante semanas sin ver a nadie. Sin ver a ningún zombie en nuestro camino. Sin ver ninguna tienda sin saquear. Sin ver ningún pueblo con personas normales, capaces de hablar, de comprender, de escuchar, de luchar, de defenderse. Nos estábamos quedando sin provisiones, otra vez. En otras palabras, teníamos que encontrar algún pueblo lo más rápido posible. Crucé los dedos para que la siguiente civilización desierta no fuera una ciudad.

Seguimos caminando durante un largo y tedioso tiempo, pero al final logré divisar en el horizonte un pueblo de carretera, de esos pueblos que te encuentras de pasada, pero que te paras para comer algo, reponer bebidas o ir al servicio.

 Tardamos alrededor de dos horas en llegar a la entrada principal de aquel pueblo. Por la impresión que daba parecía desierto, sin ninguno de ellos, pero nada es seguro en estos tiempos y mucho menos un pueblo tan idílico como este. Lo que menos te esperas es que sea horroroso, lo será.

 Como siempre, vagamos por las calles secundarias, intentado no ser vistas por ninguno de esos seres, intentado pasar inadvertidas. Llegadas un punto, algo llamó mi atención.

 Era una pancarta colgada del tejado de una tienda. Esas pancartas ya las había visto. Cuando todo empezó la gente se escondía en los tejados de las casas y ponía pancartas con texto de socorro, y ese era uno de ellos. Pero había algo más, algo más que conseguía que mi mirada no se apartase, algo… extraño. Le indiqué a Amira que subiera a mi espalda y juntas nos adelantamos hasta la pancarta.

 Inspeccioné los alrededores y, satisfecha conmigo misma, bajé a Amira. Era un tienda lo bastante grande como para resguardar a un grupo de personas de unos diez individuos. Después de tanto tiempo comprendiendo que no podía esperanzarme con nada. No sentí cómo mi corazón daba un vuelco. Cogí a Amira de la mano, nos dimos la vuelta y retomamos nuestro camino. Pero justo en ese momento, una voz masculina llegó a nuestros oídos: “¿Quiénes sois? ¡Hablad! “

Como si de una estatua se tratase, mi cuerpo se detuvo. Amira me miró y yo la miré. ¿Estábamos locas? ¿El horror que habíamos vivido nos estaba pasando factura? Nos giramos lentamente, alcé la cabeza y lo vi. Era alto y moreno, tenía el pelo negro y era bastante musculoso.  Mi boca se abrió y pronunció las palabras que nunca pensé que pronunciaría: “Estamos vivas, no nos han mordido, ni a mí, ni a la pequeña. ¿Podemos pasar?”  El chico asintió y sus compañeros no dejaron de apuntarnos con sus armas, lógico, yo también lo haría. Entramos en la tienda y, unos segundos más tarde, apareció.

 Pude ver sus ojos, de un color verde intenso. Su mandíbula era prominente, tanto que le confería un aspecto amenazador y rudo. Sus piernas no eran comparables con sus brazos, estas eran más delgadas, pero equilibraban su aspecto. Tenía unos labios carnosos y la nariz pequeña y puntiaguda. Era muy guapo.

 Amira me despertó de mi exhaustivo análisis y escondió su carita entre mis brazos. El chico se acercó a nosotras y con una voz dulce, cosa que me sorprendió, dijo: “Me llamo Daviel, el de mi derecha se llama Elías y la de la izquierda se llama Débora. Hemos aguantado en esta tienda durante bastante tiempo y nunca hemos visto más supervivientes. ¿De dónde venís?”

Mi voz estaba quebrada a falta de agua, pero pude articular y decir: “Venimos del norte. Nosotras tampoco hemos visto más supervivientes, ustedes son los primeros que vemos. Sé que no nos conocemos, pero la pequeña y yo no hemos bebido agua en varios días y nuestras gargantas están secas. ¿Podemos beber algo?” Daviel sonrió y nos alcanzó un par de botellas, Amira la miró con ansias y nada más dársela, la bebió ávidamente dejando la mitad de la botella para mí.

Después de beber Daviel continuó su discurso: “Somos muy pocos y pensábamos que éramos los únicos. Nos alegra ver que no es así y que aún queda algo de esperanza. Sed bienvenidos. Tenemos agua corriente, aunque es fría. También tenemos ropa limpia y camas de sobra. Coged lo que queráis. Ya sois parte de nuestro reducido grupo. Después de que descanséis, venid con nosotros”

Y sin más, aquellas tres personas nos dejaron a solas sin ni siquiera preguntar nuestro nombre.

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