Renacer Capítulo 4

11 Abr

Aquí os dejo el capítulo 4 de mi pequeña novela.

¡ Qué la disfruten! 😀

Capítulo IV

Seguíamos caminando por calles abandonadas, calles sin alegría, calles sin risas, calles sin gentes, sin nada. No nos habíamos topado con ninguno de ellos y, la verdad, era un milagro, pero pronto se pondría peor. Nos acercábamos a la ciudad contigua. Amira me hablaba a ratos y yo escuchaba con suma atención sus palabras, agradecía aquellos ratos  con ella. La comida ya escaseaba y mi munición seguía siendo bastante insuficiente, además, mis flechas iban menguando con el paso del tiempo y necesitaba reponerlas lo antes posible, si no, me vería sola con el hacha ante un ataque. Necesitaba ir a la ciudad. Sabía que era muy peligroso adentrarme con la pequeña, pero no quería dejarla sola.

Encontré una casa lo bastante alejada de la calle como para que me gustará. La registré y la aseguré. Nos quedaba muy poco camino para llegar a la ciudad, así que mejor descansar. Revolví mi mochila en busca de la última lata que teníamos y para mi sorpresa quedaban algunas más. Le abrí una a la pequeña y otra para mí y comimos en silencio. Nada más comer, Amira se tumbó en el sofá y se echó a dormir. Mientras ella soñaba, yo recapacitaba sobre lo que teníamos que hacer la mañana siguiente, cada movimiento.

 Tenía que encontrar una armería o alguna tienda parecida, pero sobre todo algún supermercado. Cogería todas las flechas posibles, munición para mis armas y si encontraba alguna nueva, mejor que mejor. La comida era harina de otro costal. Sería mucho más difícil encontrarla. La gente saqueaba cada tienda y mercado que encontrara. ¡Quién sabe! A lo mejor encuentro alguna sin saquear. Miré por la ventana y no vi nada, ni a nadie. Decidí descansar algo, al día siguiente necesitaba estar en mi mejor forma, no podía correr ningún riesgo.

 Aún recuerdo lo que soñé.  Soñaba con una casa con jardín. Era preciosa. En la primera planta había una cocina enorme, un comedor, un salón muy amplio y un baño. En la segunda planta, tres dormitorios, dos baños y una terraza.  Yo me encontraba en la cocina preparando la comida y, de repente, oigo una risa, salgo afuera y veo a Amira. Se está columpiando en el jardín. La veo feliz, sin miedo en su mirada, sin tristeza, solo felicidad y mucho amor. Pero, minutos después, veo a un hombre con las ropas ensangrentadas detrás de la valla. Cuando llamó a Amira, el hombre comienza a correr.

 Me desperté en ese instante. Incluso en mis sueños, el horror que había y estaba viviendo se adentraba en mí.

La pequeña ya se había levantado y el sol salía para brindarnos más luz, más esperanza. Caminamos durante aproximadamente dos horas. Las botellas de agua se nos acababan, pero para mi alegría ya divisábamos la ciudad. Nos costó otras dos horas llegar al límite de ella. Amira ya se estaba cansando, así que la cogí en mis brazos y empecé a caminar por las calles colindantes a la principal.

  

Normalmente, ellos no suelen estar por esas calles, pero al ser una ciudad, no sabía muy bien. Estuve durante una hora buscando y buscando, pero al final encontré una armería.

 Cargué a la pequeña en mi espalda y observé el perímetro de esta. Solo divisaba dos zombies. Cogí mi hacha y con mucha dificultad, los maté. Entré en la armería y con un nudo en la garganta, por si me encontraba a algún zombie, revisé la tienda. No había ninguno de ellos. Descargué a Amira y miré por todas partes y encontré multitud de flechas y munición para mi escopeta. También encontré una pistola y un rifle. Había munición suficiente de ambas y cartucheras para guardarlas.

 Me até la cartuchera de la pistola a mi pantorrilla y el rifle me lo até a la espalda estando el arco encima de este.  Cogí toda la munición necesaria y salí.

 Aún no había llegado ninguno de ellos. Era mi oportunidad para salir de allí. Seguí buscando un mercado por las callejuelas de la ciudad. Así estuve durante una hora, incluso más, podría decir. Al final, lo encontré. Parecía cerrado y sin saquear. Pero esta vez no sería tan fácil como la anterior. Esta vez no había dos zombies, había quince, como mínimo, y unos diez alrededor de la tienda. Los maldije para mis adentros. No podía permitirme el lujo de abandonar aquella tienda, aunque el adentrarme supondría mi propia muerte.


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