Renacer Capítulo 3

11 Abr

Perdón por este pequeño tiempo sin subir nada, pero aquí tenéis el capítulo 3 de Renacer.

¡Disfrútenlo!

Capítulo III

Aún nos encontrábamos en la casa, ninguno de ellos había aparecido cerca de ella, pero era cuestión de tiempo que aquello terminara. Teníamos que movernos y salir de aquella calle. Amira dormía en el sofá y yo seguía en mis cavilaciones debajo de aquella ventana. Volvía a recordar cada detalle, cada escena, cada imagen, cada sonido aterrador, cada olor, cada cara, cada persona. Y durante un breve momento, mi mente se sumergió en mis olvidados recuerdos.

Después de oír en la televisión todas las precauciones que debíamos tomar, una idea surcó mi mente como un rayo de luz fugaz. ¿Y mis padres? Hacía más de cinco años que no hablaba con ellos ni los visitaba, pero eran mis padres. Comencé a pensar, ellos no vivían muy lejos de mi casa, podía coger el coche, ver si están bien y traerlos conmigo, pero, ¿y si ellos ya no eran ellos? La verdad es que no pensé en esa opción… Me cambié lo más rápido que pude y metí algunas cosas en una mochila. Antes de salir, observé la calle, no había nadie. Pensándolo ahora mismo, lo que hice fue una temeridad, pero en aquel momento, no sabía absolutamente nada, no sabía contra quién me enfrentaba, no había visto nada del horror que vivíamos. Salí de mi casa y volví a mirar a todos lados, seguía sin haber nadie. Por precaución, más que por necesidad, cogí el hacha de mi vecino, la que ahora mismo tengo conmigo.

 Conduciendo pude ver la atrocidad de los sucesos, la gente corría por todos lados, sin un rumbo, manchada de sangre. Aquellos que habían regresado de la muerte corrían sin parar hacia cualquier ser humano que vieran, con la boca abierta, gruñendo, con sangre por todos lados y con la mirada llena de rabia. Llegué a la casa de mis padres, la puerta estaba cerrada y las ventanas también. Tenía la esperanza de encontrarlos vivos. No sé cómo lo hice, pero cuando bajé del coche, ninguno de ellos estaba cerca, ni ningún humano. Corrí hacia la puerta principal y comencé a golpear la puerta, como si mi vida dependiera de ello. Mi padre abrió. Seguía teniendo ese aspecto de vaquero del oeste, con su barba a medio afeitar y su pelo despeinado. Lo abracé, nunca había sentido tanto alivio como en aquel momento, entré y vi a mi madre con su vestido azul. Siempre tenía el pelo bien cuidado y seguía con la misma costumbre. La abracé.

Alguien me despertó, Amira me miraba. Me había quedado dormida. Aquella sensación de alivio y satisfacción volvió a resurgir en aquel momento e intenté mitigarlo, no quería volver a recordar. Me incorporé, la niña me miró y de pronto, Amira me dijo: “Hermana, tengo hambre”. No sabía muy bien si sorprenderme porque me había hablado o preocuparme porque no me percaté de ese detalle. Me acordaba perfectamente que unos metros más allá de la casa había un pequeño comercio. Tenía que llegar allí, podría coger algunos alimentos y cocinarlos. Era de mediodía, así que podía hacerlo sin ningún problema.

Me enfundé mis armas y le dije a la pequeña que me esperara y que, pasara lo que pasara, que no saliera de la casa. Ella me entendió y se sentó en el suelo y comenzó a jugar con unos lápices de colores que había encontrado. Arranqué los tablones de la puerta de atrás y salí. No había nadie. Comencé a caminar y llegué a la tienda. Supuse que había unos cuantos de ellos, con lo que saqué mi hacha y entré. Para mi sorpresa, casi no había ninguno, solo un hombre y un anciano. Se imaginarán lo que hice, así que les ahorro la carnicería. Me dirigí a los estantes refrigerados y, satisfaciendo mi persona, encontré algo de carne. La observé con mucho cuidado y detenimiento: no parecía estar podrida o en mal estado. La guardé. Me volví y caminé hacia las verduras. Algunas podían ser salvadas y así lo hice. Ya que estaba allí, podía coger más cosas para los futuros días y tener algunas provisiones. Cogí todas las latas que vi y todos los alimentos no perecederos. Salí y regresé a la casa. Me extrañó no ver a ningún zombie, pero llegarían, eso lo tenía seguro.

Saqué la carne y las verduras y comencé a cocinarlo todo. Intenté no hacer mucho ruido, ya que sabía con bastante certeza que vendrían. El ruido los atrae. Asé la carne y sancoché las verduras, serví dos vasos de agua y  las dos comimos en silencio.

 Después de comer, Amira me ayudó a recoger y sin previo aviso, me abrazó. Me miró con su carita redonda y sus cachetes regordetes. Le sonreí y la cogí en brazos. Le dije que no se preocupara, que yo la iba a proteger. A lo que ella me contestó que lo sabía, que estaba muy agradecida de que hubiera aparecido y que me quería. Aquellas simples palabras envolvieron mi corazón. Sentía que volvía a ser una persona y no un monstruo que mata. Aquella niña desconocida para mí hasta hace algunos días, había conseguido algo que yo intentaba desde que comenzó todo esto. Ella no me dijo su nombre, ni yo se lo pregunté. Creó que interiormente pactamos en llamarnos como quisiéramos, ella me llamaría “hermana”, yo a ella la llamaría “Amira”.

Después de estar un rato abrazadas, fui a comprobar mi mochila y así racionar nuestras provisiones. La pequeña me ayudó. Abrí la mochila y saqué todo lo que había dentro. Casi todo eran latas de conserva; judías, lentejas, garbanzos, algún que otro fruto de mar, piña, etc. Sinceramente, había de todo un poco y teníamos bastante. Con todas las latas podríamos comer cuatro o cinco días si racionábamos bien. Aparte de todas las latas, había cogido dos cosas más, que creía que a Amira le encantaría. Dos tabletas de chocolate reposaban delante de mí y de la pequeña. Ella me miró con una gran sonrisa, abría una tableta, partí dos filas y le entregué un trozo.

Nos miramos mutuamente y mordimos un trozo de aquella delicia. Hacia mucho tiempo que no probaba el chocolate y le di gracias al cielo de poder compartir aquel dulce momento con alguien. Guardé las tabletas y algunas ropas que encontré en la casa. Tendí mi mano a la niña y las dos juntas salimos a la calle. Otro día más en aquel mundo que nadie se esperaba, otro día más en aquel infierno. Algo apretó mi mano y vi a la pequeña. Un sentimiento de alegría invadió todo mi cuerpo y así, continuamos nuestro camino. Juntas.

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